El proyecto de este libro

En una noche de disturbios tras un partido de fútbol, una capital arde, las ciudades son saqueadas y los bienes públicos son destruidos sin motivo. Una multitud no es un pueblo entero, pero la pregunta permanece: ¿cómo puede una sociedad confiar el mismo poder político a quienes respetan las reglas comunes y a quienes las pisotean?

Para comprenderlo, la indignación no basta. Hace falta una lupa, memoria y paciencia.

El filtro y el interruptor

Este ensayo se resume en dos palabras: el filtro y el interruptor. Todo régimen triunfa o perece según sepa llevar al poder a dirigentes competentes, eso es el filtro, y apartar a los malos sin derramar sangre, eso es el interruptor. Sin filtro, la democracia se desliza hacia la mediocridad, y luego hacia la mediocracia; sin interruptor, la autoridad se desliza hacia la tiranía.

Pero una pregunta aún más grave atraviesa este libro: ¿podemos, en nombre sacrosanto de la democracia, aceptar que una nación se derrumbe por la elección de sus propios votantes? ¿Es la democracia un principio de vida común, o un pacto suicida por el cual un pueblo aceptaría destruirse a sí mismo con tal de que su destrucción haya sido votada?

Un recorrido por veinticinco siglos

Para responder, este libro recorre veinticinco siglos: la Atenas que condenó a Sócrates, Roma y su dictadura reversible, la China de los mandarines, Venecia, Luis XIV, Napoleón, Weimar, Singapur y la China contemporánea. Francia sirve aquí como caso de estudio, porque muestra a simple vista síntomas que otras democracias padecen bajo otros nombres: impotencia pública, superposición administrativa, mediocridad política, pérdida de cultura cívica, un Estado débil cuando debería ser firme e invasivo cuando debería ser simple.

De este recorrido surge una pregunta que nuestra época se niega a mirar de frente: cuando un país ya no puede reformarse por las vías ordinarias, ¿debe excluirse por principio a la persona excepcional, elegida o no, capaz de cortar el nudo que unas instituciones paralizadas ya no pueden deshacer? La historia responde que ese camino existe. Pero sólo es legítimo bajo una condición: nunca confundir la recuperación con la confiscación del poder.

Ni la multitud ni el puño de hierro

Este libro no celebra ni a la multitud ni al puño de hierro. Rechaza dos mentiras: la que sacraliza el voto incluso cuando conduce al naufragio, y la que sueña con un salvador que dispense a los ciudadanos de volver a ser adultos. Porque una nación sólo se salva verdaderamente cuando recupera los medios para elegir a los mejores y destituirlos cuando dejan de servir.

David Salvan, autor francés, ofrece aquí un ensayo que une el rigor histórico con la audacia filosófica y sienta las bases de una refundación institucional de las democracias contemporáneas.