Por qué este debate francés importa fuera de Francia

Francia no registra un superávit público anual desde 1974. En el primer trimestre de 2026 su deuda pública alcanzó 3,5361 billones de euros, el 117,5 % del PIB. La controversia actual mezcla dos preguntas distintas: qué puede hacer un banco central con los títulos públicos que posee y quién es responsable de los déficits que originaron el stock de deuda.

NOTA EDITORIAL

Este texto critica posiciones y propuestas públicas. Expresiones como «demagogia» describen la valoración política del autor, no una calificación factual o jurídica. La responsabilidad histórica de la deuda se presenta como colectiva: izquierda, derecha, centro y gobiernos de Emmanuel Macron han contribuido a su acumulación.

La deuda no es mala por naturaleza

Conviene empezar por una idea que se pierde con facilidad en el debate político: endeudarse no es necesariamente una irresponsabilidad. Un Estado puede pedir prestado para atravesar una recesión, una guerra, una pandemia o una catástrofe, y también para construir infraestructuras que beneficiarán a varias generaciones. Repartir en el tiempo el coste de una línea ferroviaria, una red eléctrica, un hospital o una inversión defensiva puede ser perfectamente racional. El FMI recuerda precisamente que la deuda no es buena ni mala por sí misma; su utilidad depende de para qué se utiliza, cuánto cuesta y si la economía puede sostenerla. [S21][S20]

El problema francés aparece cuando un instrumento destinado a absorber choques o financiar activos de larga duración se convierte en la forma ordinaria de cerrar el presupuesto. Francia lleva desde 1975 con déficit público cada año. Eso significa que, durante más de medio siglo, gobiernos de sensibilidades muy distintas han gastado sistemáticamente más de lo que recaudaban. El interés puede agravar la trayectoria, pero el primer euro de deuda nace antes: aparece cuando el gasto supera a los ingresos y el Estado decide financiar la diferencia. [S5]

El crédito es útil; el sobreendeudamiento no

Un Estado no es un hogar y sería un error equipararlos de forma estricta. El Estado puede recaudar impuestos, refinanciar vencimientos, emitir títulos durante décadas y tiene una vida institucional que no se parece a la de una familia. Pero una analogía conserva su valor pedagógico: pedir prestado significa recibir recursos hoy a cambio de una obligación futura.

Una hipoteca permite comprar una vivienda que no podría pagarse al contado. El problema empieza si, después de comprarla, la familia necesita un nuevo préstamo todos los meses para pagar comida, electricidad y gastos corrientes, y además debe pedir más dinero para pagar la deuda anterior. En ese momento la cuestión ya no es si el crédito es «bueno» o «malo», sino si los ingresos ordinarios son capaces de sostener el nivel de gasto. Francia no puede analizarse como un hogar, pero sí debe responder a esa pregunta contable elemental.

3,5361 billones de euros de deuda pública

En el primer trimestre de 2026, la deuda pública francesa en el sentido de Maastricht alcanzó 3.536,1 miles de millones de euros, es decir, 3,5361 billones en la escala española, y representó el 117,5 % del producto interior bruto. Solo durante ese trimestre aumentó en 75,6 mil millones de euros. Insee advierte correctamente que la variación trimestral del stock de deuda no coincide mecánicamente con el déficit del trimestre, porque intervienen movimientos de tesorería y activos financieros. [S4]

La comparación histórica muestra la magnitud del cambio. En 1980 la deuda pública equivalía aproximadamente al 20,7 % del PIB. Hoy supera la producción anual del país. Y la cuestión ya no es únicamente el tamaño del stock: es su coste. La Cour des comptes estimaba a comienzos de 2026 que los intereses podrían aproximarse a 74 mil millones de euros ese año y superar los 100 mil millones en 2029 si persiste la dinámica actual. [S6][S15]

Cada euro dedicado al servicio de deudas pasadas no puede financiar simultáneamente una nueva escuela, un hospital, defensa, investigación o adaptación climática. Esto no significa que todo interés sea un «desperdicio»; es el precio de haber utilizado recursos antes. Pero cuando la factura de intereses aumenta con rapidez, el margen para elegir nuevas políticas disminuye.

La izquierda es corresponsable, igual que la derecha y el centro

Mi crítica a Jean-Luc Mélenchon y Éric Coquerel parte de aquí. Es legítimo cuestionar la arquitectura financiera europea, pero resulta históricamente selectivo presentar la deuda como algo fabricado esencialmente por los acreedores contra el pueblo. La izquierda francesa ha gobernado durante largos periodos y ha aprobado presupuestos deficitarios, igual que la derecha, los gobiernos de cohabitación, las mayorías centristas y los gobiernos de Emmanuel Macron.

Cuando François Mitterrand llegó a la presidencia en 1981, el ratio de deuda se situaba en torno al 22 % del PIB. Era aproximadamente 31,1 % en 1986, 33,3 % en 1988, 46 % en 1993 y 55,5 % en 1995. No sería serio atribuir todo ese aumento a la izquierda, porque hubo cohabitaciones y circunstancias económicas distintas. Pero tampoco sería serio describir a la izquierda como un observador externo del proceso. [S6]

La misma honestidad obliga a recordar que durante el gobierno de Lionel Jospin el ratio no explotó e incluso disminuyó en un contexto favorable. Bajo François Hollande, en cambio, la deuda pasó de unos 1.892,5 mil millones de euros y 90,6 % del PIB en 2012 a 2.258,7 mil millones y 98,4 % en 2017. La lección útil no es «la izquierda crea deuda». Es otra: ninguna etiqueta partidista exime de la aritmética presupuestaria. [S7]

La ley de 1973 no prohibió al Estado financiarse en la Banque de France

En Francia circula desde hace años una narrativa según la cual la ley del 3 de enero de 1973 habría prohibido de repente al Estado pedir dinero gratuitamente a la Banque de France y lo habría obligado a entregarse a los bancos privados. Los informes parlamentarios no sostienen esa versión simplificada. La ley mantuvo la posibilidad de anticipos y préstamos del banco central al Estado, cuyas condiciones debían fijarse mediante convenio entre el ministro de Economía y el gobernador de la Banque de France, con aprobación parlamentaria. [S8]

Un documento presupuestario de la Asamblea Nacional ofrece cifras: los concursos podían alcanzar 20,5 mil millones de francos y una parte de hasta 10,5 mil millones podía no estar remunerada. Es decir, después de 1973 seguía existiendo una posibilidad real de financiación directa y parcialmente gratuita. Esos concursos utilizados para las necesidades de tesorería se redujeron a cero en 1982, bajo la presidencia de François Mitterrand. [S9]

La prohibición jurídica completa llegó más tarde, con la ley de 1993 y la construcción de la unión monetaria europea. Hoy el principio se encuentra en el artículo 123 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. Se puede defender su modificación. Pero primero hay que describir correctamente la historia. [S8][S10]

El acreedor no redactó el presupuesto francés

Esta es probablemente la frase que resume mejor mi desacuerdo: el acreedor no redactó el presupuesto francés. Si el Estado gasta 100 y recauda 95, faltan 5. Puede aumentar ingresos, reducir o aplazar gastos, vender activos, recurrir a creación monetaria cuando el marco jurídico lo permite o pedir prestada la diferencia. Durante décadas, Francia ha utilizado ampliamente el endeudamiento.

Cuando la operación se repite cada año, los déficits anuales se acumulan y forman un stock. Después aparecen intereses sobre ese stock, refinanciaciones y efectos de bola de nieve. Pero suprimir el interés sin corregir un déficit primario persistente no elimina la necesidad de volver a pedir prestado. Una operación sobre el stock puede conceder tiempo; no repara automáticamente el flujo que vuelve a crearlo.

¿Quiénes son realmente los «privilegiados» que reciben intereses?

Hablar de intereses que «llenan los bolsillos de los privilegiados» evita una pregunta concreta: ¿quién posee la deuda? Los títulos públicos franceses están en carteras de bancos, aseguradoras, fondos de inversión, bancos centrales, instituciones de ahorro y otros inversores franceses y extranjeros. Detrás de algunos de esos vehículos existen además ahorros, seguros de vida y sistemas de pensiones de hogares ordinarios.

La Banque de France señalaba que, en el primer trimestre de 2026, el 55,9 % de los títulos públicos franceses de largo plazo estaba en manos de no residentes. Ese dato no convierte a los acreedores en dueños de la política francesa, pero sí demuestra una dependencia importante de la confianza internacional. [S14]

Para 2026, Agence France Trésor programó alrededor de 310 mil millones de euros de emisiones netas a medio y largo plazo. A 31 de julio, la deuda negociable del Estado rondaba 2,8819 billones de euros y su vida media era de 8 años y 163 días. El 21 de agosto, el indicador francés a diez años TEC 10 se situaba cerca del 4,08 %. [S11][S12][S13]

Un Estado puede impagar, pero el impago nunca es gratuito

Un Estado soberano puede decidir no pagar parte de sus obligaciones. La cuestión no es si existe una policía mundial que pueda «embargar el Elíseo», sino qué sucede después. El Estado sigue necesitando pagar funcionarios, pensiones, proveedores y vencimientos, y normalmente necesita seguir financiándose.

El propio Mélenchon reconocía esta diferencia en 2020. Su propuesta parlamentaria para transformar en deuda perpetua a tipo cero los títulos en manos del banco central no era una repudiación de todos los acreedores. En la exposición de motivos, la hipótesis de un verdadero impago era descrita como un «desastre y caos». [S17]

Un estudio del FMI de Luís Catão y Rui Mano observó históricamente que, para los episodios posteriores a 1970 incluidos en su muestra, los países que regresaban a los mercados después de un default pagaban de media una prima cercana a 400 puntos básicos, alrededor de cuatro puntos porcentuales. No es una predicción mecánica para Francia; muestra el principio económico: destruir credibilidad puede encarecer la financiación futura. [S19]

Con 310 mil millones por emitir, la credibilidad no es una abstracción

Supongamos que Francia anuncia por la mañana que determinados compromisos con acreedores privados ya no serán respetados. Por la tarde sus necesidades presupuestarias siguen existiendo. Al día siguiente, o unas semanas después, vuelve al mercado para pedir nuevas decenas de miles de millones. Los inversores pueden seguir comprando deuda francesa, pero exigirán una remuneración compatible con el riesgo que creen asumir.

Esta relación entre confianza y coste es uno de los puntos ausentes de muchos discursos mágicos sobre la deuda. La soberanía permite cambiar reglas, negociar, reestructurar o incluso incumplir. No permite obligar a terceros a considerar que el riesgo no ha cambiado. Cuando un país necesita refinanciar cantidades muy elevadas de forma continua, la credibilidad se convierte en una variable presupuestaria concreta, no en un concepto moral.

La propuesta de Mélenchon merece ser descrita con honestidad

Sería caricaturesco afirmar que Jean-Luc Mélenchon propone quemar mañana toda la deuda francesa. Su argumento se concentra sobre todo en los títulos públicos adquiridos por el Eurosistema y mantenidos, en gran parte, en el balance de la Banque de France. La idea consiste en neutralizarlos, transformarlos en deuda perpetua a tipo cero o cancelar parte de ellos para liberar margen presupuestario.

Existen economistas que han discutido distintas versiones de esa idea. Un euro de interés pagado al banco central nacional tampoco es idéntico económicamente a un euro pagado a un fondo privado extranjero: cuando una banca central obtiene beneficios, una parte puede terminar retornando al sector público. Por eso el debate merece más precisión que el eslogan.

Pero tampoco es correcto decir que basta con borrar una línea de Excel. Cuando el banco central compró una obligación, registró un activo y creó pasivos monetarios como contrapartida. Suprimir el activo modifica su balance, sus ingresos futuros y potencialmente la relación financiera con el Estado. La operación puede diseñarse; no es económicamente inexistente.

El derecho europeo actual prohíbe esa operación

Christine Lagarde respondió explícitamente en 2021 que la cancelación de deuda pública mantenida por el Eurosistema sería incompatible con los tratados, porque chocaría con la prohibición de financiación monetaria del artículo 123. [S18][S10]

LFI puede responder que entonces hay que cambiar los tratados. Esa es una posición política legítima. Pero su verdadero contenido es mucho más profundo que «quemar papeles»: implicaría renegociar la arquitectura monetaria europea, definir límites al financiamiento de gobiernos, decidir qué independencia debe conservar el banco central y obtener acuerdo suficiente entre Estados miembros.

Un debate presidencial serio debería abordar esas condiciones y no solo el alivio inmediato: ¿qué deuda exacta se transforma?, ¿qué ocurre con el balance del banco central?, ¿qué reglas evitan una monetización permanente?, ¿cómo reaccionan los socios del euro?, ¿qué ocurre con la inflación y con la nueva deuda emitida después?

Incluso después de una cancelación, el déficit seguiría existiendo

Imaginemos que mañana se neutraliza una parte muy grande del stock de deuda mantenido por el banco central. La carga de intereses podría disminuir y el ratio de deuda podría mejorar. Eso sería una modificación real del punto de partida. Pero si el presupuesto del año siguiente vuelve a gastar mucho más de lo que ingresa, el Estado volverá a endeudarse.

La distinción entre stock de deuda y flujo anual de déficit es esencial. Una medida extraordinaria puede reducir el stock una vez. El déficit es el mecanismo que lo aumenta cada año. Si no se cambia ese mecanismo, una parte de la deuda cancelada se reconstruye con el tiempo.

En términos sencillos: poner el contador a cero no arregla una fuga. Puede dar un respiro precioso y hasta ser parte de una reforma más amplia, pero no sustituye una estrategia sobre gastos, ingresos, crecimiento y prioridades públicas.

La Cour des comptes y la OCDE también alertan

La Cour des comptes considera que las finanzas públicas francesas se encuentran entre las más degradadas de la zona euro. Su análisis de comienzos de 2026 calculaba una carga de intereses cercana a 74 mil millones de euros y advertía de que podría superar 100 mil millones en 2029. Una razón es el refinanciamiento progresivo de deuda antigua emitida a tipos muy bajos por nuevos títulos más costosos. [S15]

La OCDE llega a una conclusión cercana. En su estudio económico de Francia de junio de 2026 recuerda que la deuda pasó de alrededor del 60 % del PIB en 2000 a más del 115 % en 2025 y considera prioritario estabilizarla y llevarla a una trayectoria descendente. También señala que el coste del servicio de la deuda aumentó de alrededor del 1,3 % del PIB en 2020 al 2,1 % en 2025. [S16]

Es posible discrepar de las recomendaciones políticas de estas instituciones. Resulta más difícil ignorar los hechos que describen: un stock elevado, déficits persistentes y refinanciación más cara reducen el margen de maniobra.

Preservar el Estado social también exige preservar las finanzas públicas

El aspecto más paradójico del discurso según el cual la deuda habría sido concebida para destruir conquistas sociales es que una deuda demasiado costosa puede terminar precisamente debilitando la capacidad de financiarlas. Los intereses compiten con hospitales, educación, policía, justicia, defensa, infraestructuras, investigación y transición energética.

Esto no convierte la reducción del déficit en un proyecto automáticamente «social» ni «liberal». La calidad de una consolidación depende de qué impuestos se modifican, qué gastos se protegen, qué reformas mejoran productividad y cuáles dañan servicios esenciales. Pero negar la restricción presupuestaria no la elimina.

Un Estado social fuerte necesita algo más que buenas intenciones: necesita una base fiscal, productiva e institucional capaz de sostener promesas durante décadas. Si cada nueva política se financia permanentemente con deuda, el Estado transmite parte de su coste al futuro y aumenta la vulnerabilidad a los tipos de interés.

Cincuenta años aplazando el coste de nuestras decisiones

La explicación política más incómoda quizá sea también la más sencilla. Para un gobierno es más fácil anunciar un beneficio hoy que explicar inmediatamente quién lo pagará. Puede aumentar el gasto sin subir impuestos en la misma proporción, negarse a reducir otras partidas y pedir prestada la diferencia. Los ciudadanos reciben el beneficio visible; una parte de la factura se desplaza a gobiernos y contribuyentes futuros.

La izquierda utilizó ese mecanismo. La derecha también. El centro también. Emmanuel Macron también, con circunstancias excepcionales como la pandemia pero también con déficits que continuaron después. Y los votantes hemos contribuido a crear incentivos políticos que premian promesas inmediatas y castigan con frecuencia la presentación explícita de su coste.

Por eso considero demagógico construir ahora un relato en el que la deuda aparece principalmente como una trampa fabricada por «los privilegiados». El acreedor puede obtener una remuneración y el sistema financiero puede ser criticado; pero la decisión de gastar sin recaudar lo suficiente nació dentro de las instituciones políticas francesas.

Lo que cabe exigir a un candidato a la presidencia

Jean-Luc Mélenchon es candidato a la elección presidencial de 2027. Tiene todo el derecho a proponer una ruptura profunda de las reglas monetarias europeas. Precisamente por eso debería detallar la ingeniería completa y no detenerse en una imagen espectacular como «quemar» títulos.

Un programa presidencial serio debería cuantificar qué parte de la deuda se vería afectada, cómo se tratarían las pérdidas o ingresos futuros de la Banque de France, qué artículos de los tratados deberían modificarse, qué mayoría europea sería necesaria, cómo se financiaría el déficit después de la operación y qué reglas impedirían recrear rápidamente la deuda anulada.

También debería explicar cómo pretende proteger la credibilidad del Estado frente a los tenedores privados que seguirán siendo necesarios para financiar nuevos títulos. Esa es la diferencia entre un lema de campaña y una arquitectura económica de gobierno.

La deuda no es una invención de los ricos ni un simple trozo de papel

La deuda es una herramienta. Bien utilizada puede preparar el futuro; mal utilizada puede permitir consumir hoy y enviar parte de la factura a quienes gobernarán mañana. Francia se encuentra ahora con una deuda pública de 3,5361 billones de euros, necesidades de emisión neta de 310 mil millones en 2026, más de la mitad de sus títulos de largo plazo en manos de no residentes y un tipo a diez años cercano al 4 % en agosto de 2026. [S4][S11][S13][S14]

Podemos debatir el papel del BCE, el artículo 123, la composición del gasto, la fiscalidad, la inversión productiva, la redistribución o incluso una reestructuración de determinados títulos. Lo que no podemos hacer es fingir que los préstamos nunca existieron o que el prestamista decidió por sí solo el presupuesto que necesitaba financiar.

La pregunta democrática honesta no es «¿cómo hacemos desaparecer la deuda con una frase?». Es: ¿qué queremos seguir financiando, cuánto estamos dispuestos a recaudar, qué inversiones justifican pedir prestado y qué parte de nuestras decisiones presentes aceptamos trasladar a las generaciones futuras? Los eslóganes pueden borrar una deuda durante unos segundos en un mitin. La contabilidad pública termina siempre por presentar la factura.

Fuentes principales y referencias

  1. [S1] Publicaciones del canal oficial de Jean-Luc Mélenchon en agosto de 2026 sobre la deuda en manos de bancos centrales y su interpretación política de la deuda. Abrir fuente ↗
  2. [S2] TF1 Info, sección Vérif’, agosto de 2026: contexto de la fórmula «quemar los títulos» y alcance de la parte de deuda a la que se refiere Mélenchon. Abrir fuente ↗
  3. [S3] Entrevista de L’insoumission con Éric Coquerel sobre su libro Lâchez-nous la dette !, 21 de octubre de 2021. Abrir fuente ↗
  4. [S4] Insee, deuda de Maastricht en el primer trimestre de 2026: 3,5361 billones de euros, 117,5 % del PIB y +75,6 mil millones en el trimestre. Abrir fuente ↗
  5. [S5] Asamblea Nacional: serie histórica del saldo público, con +0,1 % del PIB en 1974 y déficits anuales desde 1975. Abrir fuente ↗
  6. [S6] Insee, serie histórica de deuda pública: 20,7 % del PIB en 1980, 22,0 % en 1981, 31,1 % en 1986, 33,3 % en 1988, 46,0 % en 1993 y 55,5 % en 1995. Abrir fuente ↗
  7. [S7] Insee, deuda y déficit 2012-2018: 1,8925 billones de euros y 90,6 % del PIB en 2012; 2,2587 billones y 98,4 % en 2017. Abrir fuente ↗
  8. [S8] Asamblea Nacional, informe sobre gestión y transparencia de la deuda: la ley de 1973 no prohibió los anticipos de la Banque de France al Estado; la prohibición completa llegó en 1993. Abrir fuente ↗
  9. [S9] Asamblea Nacional, PLF 2000: techo de 20,5 mil millones de francos de financiación Banque de France-Tesoro, con una parte de hasta 10,5 mil millones sin remuneración; utilización llevada a cero en 1982. Abrir fuente ↗
  10. [S10] Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, artículo 123: prohibición de financiación monetaria directa de las administraciones públicas. Abrir fuente ↗
  11. [S11] Agence France Trésor, programa indicativo de financiación 2026: 310 mil millones de euros de emisiones netas a medio y largo plazo. Abrir fuente ↗
  12. [S12] Agence France Trésor, deuda negociable del Estado a 31 de julio de 2026: 2,8819 billones de euros; vida media 8 años y 163 días. Abrir fuente ↗
  13. [S13] Agence France Trésor, cifras clave: TEC 10 en torno al 4,08 % el 21 de agosto de 2026. Abrir fuente ↗
  14. [S14] Banque de France, tenencia de títulos franceses, T1 2026: 55,9 % de los títulos públicos de largo plazo en manos de no residentes. Abrir fuente ↗
  15. [S15] Cour des comptes, situación de las finanzas públicas a comienzos de 2026: intereses cercanos a 74 mil millones en 2026 y riesgo de superar 100 mil millones en 2029. Abrir fuente ↗
  16. [S16] OCDE, Estudio económico de Francia 2026: deuda superior al 115 % del PIB y servicio de la deuda en 2,1 % del PIB en 2025. Abrir fuente ↗
  17. [S17] Asamblea Nacional, propuesta de resolución n.º 2914 de 2020: convertir deuda en manos del Eurosistema en deuda perpetua a tipo cero; el texto califica un verdadero impago de «desastre y caos». Abrir fuente ↗
  18. [S18] BCE, carta de Christine Lagarde del 23 de abril de 2021: cancelar deuda pública en manos del Eurosistema sería incompatible con los tratados por el artículo 123. Abrir fuente ↗
  19. [S19] FMI, Luís Catão y Rui Mano, Default Premium: estudio histórico sobre primas de riesgo tras impagos soberanos. Abrir fuente ↗
  20. [S20] Olivier Blanchard, Public Debt and Low Interest Rates, American Economic Review, 2019. Abrir fuente ↗
  21. [S21] FMI, Making Debt Work for Development and Macroeconomic Stability, 2022: la deuda no es buena ni mala por sí misma; depende de su uso y condiciones. Abrir fuente ↗
  22. [S22] Le Monde, 3 de mayo de 2026: Jean-Luc Mélenchon anuncia oficialmente su candidatura a las presidenciales francesas de 2027. Abrir fuente ↗
NOTA EDITORIAL Y JURÍDICA

Este texto critica posiciones y propuestas públicas. No afirma que una sola persona o un solo partido sea responsable de la deuda francesa: sostiene una responsabilidad histórica colectiva y separa los hechos documentados de las valoraciones políticas del autor.